CUADERNOS DE LA HABANA


ESPERAR SIN ESPERAR NADA

 

 

1.

Llego al aeropuerto José Martí y nada más pisar tierra – con el primer embate de humedad sobre mi cuerpo – me invade una extraña sensación. Mis ojos reconstruyen con nitidez esa vieja foto en la que aparecen mis padres abrazados en el Malecón. Acababan de conocerse. Han pasado más de sesenta años y me pregunto cómo he podido tardar tanto tiempo en venir a La Habana, una ciudad que de algún modo ha estado siempre en la trastienda de mi vida. Los dos nos esperábamos. Stefan me convenció, cuando nos conocimos en Venecia, para que viniera y me uniera libremente a su equipo sin ningún cometido especial: ver, oír y callar, pensé yo entonces para mis adentros. Ha pasado también mucho tiempo desde aquella conversación, pero Stefan también ha ido retrasando el proyecto una y otra vez. No es fácil organizar una grabación en Cuba, supongo. Ellos llevan ya aquí un par de días, yo me he decidido en el último minuto. Viene a buscarme Raúl, uno de los dos conductores que nos llevarán de acá para allá. Nos costó encontrarnos, porque me esperaba en la puerta equivocada. Él entiende tan poco – o tanto – de mi italiano como yo de su español, pero no paramos de hablar y saltamos de un tema a otro mientras me lleva a mi destino, el Hostal Valencia, en la Habana Vieja. Me lo habían recomendado como un sitio agradable, sin lujos y, sobre todo, sin los turistas característicos de los dos Meliás o del Hotel Nacional. Vamos hacia allí en un viejo Moskvich rojo, imagino que con centenares de miles de kilómetros a sus espaldas y con innumerables reparaciones caseras. Parte de los humos entran en el interior del coche y es imprescindible abrir la ventanilla para no ahogarse, aunque el aire de La Habana, con miles de coches en igual o peor estado que el de Raúl y gasolinas de mala calidad, tampoco parece muy salubre. Raúl es ingeniero de telecomunicaciones, pero gana mucho más dinero haciendo de conductor para turistas extranjeros. Cobra en dólares, claro, y en un solo día de trabajo puede ganar el equivalente a su sueldo de un mes como ingeniero. En un momento me cuenta su vida, me habla de política, de Fidel („El Barbas“, lo llama él, llevando su mano hasta las mejillas y dibujando en el aire una barba imaginaria), de su mujer y sus hijas y, sobre todo, de coches. Se le iluminan los ojos cuando ve un buen coche, una rara avis en esta ciudad. Pero conduce tan contento su viejo trasto. Se queja al tiempo que no para de reírse, de sonreírme.

 

 

 

2.

Raúl me lleva para reunirme con todos a una fiesta de santería. Dos negros tocan los tambores y el resto canta una música repetitiva, todo ello en una habitación diminuta. La gente entra y sale sin parar, con varias santeras vestidas completamente de blanco. De repente, un negro que lidera los cánticos pide que se deje un hueco en el centro para que baile una mujer que, poco a poco, entra aparentemente en trance, quizás también mareada porque no para de dar vueltas sobre sí misma y porque la música tiene un efecto hipnótico indudable. Hace, además, un calor sofocante. Los que cantan – y los que les responden como un eco – achuchan cada vez más a la mujer: dejan caer la incesante letanía africana junto a su oído, la acorralan casi y alguien me dice que puede ser portadora del mensaje de algún dios. La mujer suda desaforadamente, de cuando en cuando le entran pequeñas convulsiones, la azuzan sin parar, le cierran la salida. Ella acaba en el suelo, empapada en sudor, retorciéndose ante el entusiasmo de todos los demás, con la cara de felicidad de quien ha conseguido su propósito o disfrutado con la celebración de un rito ancestral. Entre la confusión y mis problemas para entender el español no consigo aclararme de si los dioses –sus dioses– han hablado, aunque después de tanta intensidad eso es quizá lo de menos. La noche termina con un daikiri en „El Floridita“ y una cena en el restaurante „Le Monseigneur“, frente al Hotel Nacional, donde tocó y cantó durante años el genial Bolita de Nieve, el mejor apodo posible para un negrito bajito con una cabeza redonda como una bola de billar. Mi madre lo adoraba y llegué a saberme de memoria No dejes que te olvide, Cuando te encuentre, Vete de mí, Déjame recordar, Si me pudieras querer o Babalú, la canción de Margarita Lecuona, que nadie ha cantado con más gracia que él. Con sus canciones aprendí el poco español que sé. Allí estaba su piano, aunque no él, desgraciadamente y pienso que este lugar ha tenido que vivir épocas mejores. Voy a lavarme las manos, pero en los servicios no hay agua, algo habitual en la ciudad. Sentado en una sillita hay un hombre muy mayor, extremadamente delgado, que saca una botella de plástico a la que le ha hecho tres pequeños agujeros en el tapón. Se ofrece a echarme agua con ella para que pueda lavarme las manos. Luego se sienta de nuevo en su sillita, junto al lavabo. Por la noche, en mi habitación, empiezo a leer el que decidí que fuera mi compañero de viaje en estos días: un libro de poemas de José Martí, el héroe de la independencia y el poeta nacional cubano. Decido abrirlo todas las noches al azar antes de dormirme. Y leo:

 

Todo se va muriendo

A mi alrededor:

¿Es que se muere todo

O que me muero yo?

 

 

 

3.

Por la mañana vamos al callejón de Hamel, en un barrio muy deteriorado. Bueno, toda la ciudad presenta un estado absoluto de abandono. En pocos lugares puede sentirse como aquí el paso del tiempo. Casas hermosísimas literalmente desmoronándose, calles en las que no queda rastro del asfalto de antaño, con socavones inmensos, como si acabaran de sobrevivir a una gran batalla. Pero la única lucha es aquí por llegar al día siguiente, por sobreponerse un día más al repugnante embargo de Estados Unidos, un crimen ante el que la comunidad internacional mantiene un silencio cobarde y cómplice. La miseria se siente en estas calles con mucha más fuerza que en la Habana Vieja, al menos en la que he conocido hasta ahora. Pero es difícil llevar la pobreza con más dignidad. Llegamos a una gran fiesta: la música es aquí la terapia más socorrida para olvidar, para sentirse vivo. Como en la fiesta de santería, todo es muy africanista: ropas, símbolos, peinados, las letras de las canciones, la omnipresente percusión... Cientos de personas apretujadas en un espacio muy pequeño, viviendo la música con una gran cercanía física. Dos policías detienen a un joven negro que vendía cassettes ilegales. Él se rebela y se produce una pelea violentísima. La gente mira, alguien dice „¡Lo van a matar!“, pero nadie hace nada y al final logran reducirlo. Es el rostro duro del sistema: todos se saben vigilados, porque el régimen lo necesita para perpetuarse y porque todos son conscientes de que viven al borde de la legalidad para sobrevivir. Me presentan a una niña: se llama Yudelkis y tiene seis años. Intento hablar con ella y sus padres me invitan a beber de su botella de ron. Tienen la generosidad de los pobres. En el escenario se suceden los grupos, aunque todos hacen música afrocubana. Al final me agobia el tumulto de gente y decido irme a pasear solo, sin rumbo, para empaparme de las mil caras de La Habana y dibujar. Quedo con Stefan en vernos al día siguiente en el Centro Artístico Gallego, donde hay prevista una grabación por la tarde. Por la noche vuelvo a José Martí:

 

Como fiera enjaulada

Mi asiento dejo – empujo la entornada

Puerta, vuelvo a mi libro,

Los anchos ojos en sus letras clavo,

Como cuerdas heridas, temblo y vibro,–

Y ruge, y muerde el alma atormentada,

Como en cuerpo de mármol encerrada.

 

 

 

4.

Cuando llego al Centro Artístico Gallego, la orquesta ya ha empezado a tocar: su repertorio son boleros y sones. El público es gente mayor y algunas parejas de más de ochenta años bailan maravillosamente. El flautista de la orquesta también andará por esa edad, pero toca con verdadero entusiasmo. Aquí no siento agobio ninguno, el ambiente es familiar, relajado. Estamos en un primer piso, con los balcones abiertos, por los que entra una luz bellísima. Mariko se ha sentado junto a uno de ellos y escribe cartas. Adrian ha bajado con uno de los micrófonos a la calle para captar el sonido de ambiente. Andrés y Stefan controlan la grabación. Luis y Günter beben mojitos y charlan. En varias mesas hombres en grupos de cuatro juegan al dominó, pero la mayoría bailan y los miro absorto con un gran placer. ¡Qué alegría de vivir, qué simpatía, qué sonrisa, qué manera de disfrutar de la música! El escenario en el que toca la Orquesta Sublime es como el de un teatrillo de colegio, destartalado y sucio. La megafonía es terrible, pero superar y elevarse por encima de las adversidades es aquí el deporte nacional. Me concentro en un señor muy mayor, con el pelo completamente blanco, que fuma un puro y al que da gusto verle bailar. Luego se sienta y aprovecho para hablar con él. Farfulla el italiano, así que por fin puedo entablar una conversación más o menos coherente con alguien. Es español, de Málaga, se llama Juan, y me cuenta una historia que me cuesta creer, aunque me jura que es verdad. En 1941 estaba comiendo con su mujer y con una pareja de amigos en algún lugar de Málaga. Al acabar de comer, él y su amigo dijeron a las mujeres que se iban a dar una vuelta. Andando, andando llegaron hasta el puerto de Málaga, se acercaron a un barco y un marinero les dijo que estaban a punto de zarpar para La Habana. Se subieron, sin avisar a nadie, y pasaron en Cuba tres años. Cuando volvió a España, su mujer no quiso saber nada de él, se enroló en otro barco y estuvo dando vueltas por el mundo varios años. Luego volvió a Cuba y fue uno de los barbudos que entraron triunfalmente con Fidel en La Habana en 1959 tras derrocar a Batista. Se siente cubano y defiende a muerte la revolución y a Fidel. Pero, como tantos otros aquí, no le gusta nada la situación actual, lo que aquí llaman el „período especial“ tras la caída de los regímenes comunistas en Europa. Juan viene a este lugar casi a diario, para bailar, para jugar al dominó y para recordar vagamente a España. Aquí a todos los españoles se les llama „gallegos“ y Juan me cuenta que éste es su lugar habitual de reunión. Por la noche, mientras estaba en la calle, un chaval le roba a Adrian su cámara de fotos y tenemos que esperar a que él, Noel y Luis, que ha ido a hacer de traductor, vuelvan de la comisaría. Luis cuenta cosas de la comisaría que también me cuesta creer, aunque Juan ha conseguido hoy bajar mucho el listón de mi capacidad de sorpresa. Ya muy tarde, cenamos cualquier cosa en el Café Mercurio y me voy paseando hasta el Hostal Valencia. Fiel a nuestra cita, me espera Martí:

 

No me quites las canas,

Que son mi nobleza:

Cada cana es la huella de un rayo

Que pasó, sin doblar mi cabeza.

Dame un beso en las canas, mi niña,

Que son mi nobleza.

 

 

 

5.

Aunque estoy a gusto en el Hostal Valencia, decido mudarme al „Nuevo Vedado“, el barrio en el que viven Stefan y el resto del grupo. Echo de menos estar en contacto más estrecho con la gente. Noel me consigue una habitación en casa de una mujer de unos sesenta años que se llama Milaida. Vive con su madre, que tiene 87 años y se pasa la vida haciéndose trampas a sí misma jugando a las cartas y fumando a escondidas de su hija. Alquilar habitaciones es ahora legal, aunque hay que hacer infinidad de papeles y pagar unos impuestos altísimos todos los meses, independientemente de que tengas o no huéspedes. Todo en dólares, por supuesto. Milaida farfulla también el italiano y me cuenta historias de viejos huéspedes, que con mayor o menor disimulo venían aquí atraídos por el turismo sexual. Milaida no quiere jineteras en su casa, me dice, pero también me deja claro que no todas las mujeres que se van con extranjeros son jineteras, o sea, putas. Me habla de amigas suyas, jóvenes, con trabajos decentes como enfermeras o dependientas, „profesionales“ que no tienen otra manera de conseguir dólares para poder criar a sus hijos que saliendo con extranjeros. Me da a entender que si quiero conocer a una, ella rápidamente me pone en contacto y organiza una cita. Pero sólo una chica, remacha. Estar con dos a la vez lo considera „pornografía“. Es asombroso: acabamos de conocernos y me habla con una cercanía y confianza absolutas. El tiempo sólo discurre aquí rápidamente en todo lo que tiene que ver con las relaciones humanas, pienso. Más tarde vamos a grabar a una casa por la zona de Miramar y vuelvo a comprobar la precariedad con la que vive esta gente. La casa es preciosa, pero destartalada, como casi todas, no ha olido la pintura hace décadas, pero resulta lujosa comparada con nuestro siguiente destino, una casa en Centro Habana, en la calle Ánimas, en la que, aparte de todo lo que está a punto de venirse abajo, compruebo que hay también muchas cosas que ya se han caído. Una calle con semejante nombre está destinada a ser habitada sólo por espectros. El tiempo juega aquí con las casas y con los hombres, y todo parece avanzar en un extraño equilibrio. Nadie recoge los restos de las paredes que se caen, como nadie se ocupa a simple vista de los niños que, descalzos y andrajosos, juegan entre los cascotes. La pobreza es total. En la casa a la que vamos hay una olla en la lumbre en la que se cuece algo de olor indefinible. En una esquina, en el suelo, un pequeño altar de santería con palos, ron, piedras, vasos, todo tipo de objetos. Una mujer nos recomienda arrodillarnos, besar algo y pedir por nuestra salud o por „nuestra mamá“. En otro rincón, el famoso retrato del Che, uno de los ídolos nacionales junto con Martí. En el interior, la sensación es de que todo está también a punto de venirse abajo, pero supongo que lleva siendo así desde hace años. Me siento en una escalera diminuta y desvencijada: arriba debe de estar el dormitorio, que se entrevé miserable y sucio. Entra y sale gente sin cesar, como siempre. Todos aparentan estar contentos, me dan la mano, me sonríen, me hablan tan deprisa que no entiendo una sola palabra. Aprovecho para dibujar, primero allí dentro, luego en la calle, donde rápidamente se improvisa una gran fiesta, con percusión y cánticos afrocubanos. La gente pasa de largo como si aquel estruendo, en plena calle, fuera lo más normal del mundo. De hecho, esa misma mañana, muy temprano, me había despertado en casa de Milaida con música que llegaba desde la calle. Nadie se queja y los policías que pululan constantemente por las calles se limitan a mirar y a dejar hacer. Pasan bicicletas y artilugios caseros inimaginables, como sacados del túnel del tiempo. En una de las tiendas para cubanos, casi siempre cerradas o sencillamente vacías, sin nada que ofrecer, leo un cartel que dice: „Aviso. Recoger la leche por la mañana, porque el refrigerador está roto y si se corta no se puede reponer“. Raúl, el conductor, me explica que sólo se tiene derecho a leche hasta los siete años. A partir de entonces, quien quiere leche ha de comprarla en dólares y no es fácil conseguirlos, aunque todos se las ingenian para tener siempre alguno en el bolsillo. En medio de la fiesta, que Noel y Günter han animado con varias botellas de ron, se acerca un negro que me intenta convencer de que lo acompañe para ir a un altar de santería en el que alguien adivinará mi futuro y, si quiero, también mi pasado. Le respondo como puedo que lo cierto es que éste, confuso y desordenado, me interesa mucho más que mi futuro. Se ríe y se queda conmigo, fumando y bebiendo de las botellas de ron que pasan de mano en mano. Al rato llega su babalú –deduzco que una especie de gurú personal– y me lo presenta muy orgulloso: se dirige a él con auténtica veneración. Vestigios constantes de sus raíces africanas. Cuando acaba el estruendo y Adrian y Andrés empiezan a recoger los micrófonos, me da su dirección y su teléfono e insiste en que quedemos en algún momento. „Es por tu bien“, me dice convencido. Por la tarde, entre gorgoritos de pájaros, grabamos a un grupo en el Café O’Reilly, que cantó, entre otras muchas canciones, Chan chan, de Compay Segundo, una especie de himno del renacimiento de la música cubana fuera de la isla. Fidel, el percusionista, me explica que es una canción antiquísima, que estaba completamente olvidada, como todos estos músicos octogenarios que ahora causan furor en Europa y Estados Unidos, famosos y ricos de repente después de haber pasado toda su vida tocando y componiendo. Décadas actuando en Cuba por cuatro perras y ahora con las multinaciones peleándose por contratarlos en exclusiva. Luego me fui solo a la Plaza de Armas, llena de puestos de libros viejos y libreros sabios. Me compré una selección de poemas de Nicolás Guillén, otra de las glorias literarias de Cuba. Aunque lo hojeé en mi habitación por la noche, en la cama, sin embargo, me mantuve fiel a José Martí:

 

Como un puñal de acero retorcido

Esa canción penetra en mis entrañas.

 

 

 

6.

Por la mañana hablo con Milaida, que está entusiasmada con las revistas y los periódicos que le he traído. Los colecciona en todos los idiomas, aunque no entienda una sola palabra. Sus preferidas son la revistas del corazón españolas, en las que conoce a todos los famosos que salen enseñando sus casas y a sus nuevos amores. Doy un paseo por el barrio y asisto a escenas curiosas, sobre todo en el mercado de frutas que hay cerca de mi casa. Pero me quedo con la imagen de un hombre mayor, sentado en una mecedora. Una mujer le echa en cara algo, no entiendo muy bien el qué. Creo que ella le pide que haga algo o que vaya a algún sitio. Él no se mueve de su mece dora y le contesta que no puede porque tiene mucho que hacer. Ella le dice que cómo puede decir eso cuando está todo el día sentado sin hacer nada. „Tengo mucho que cavilar“, le responde él, que se llama Hernández y se despide de mí con una sonrisa y un gesto de complicidad. Acabo el paseo en la casa donde viven Stefan y Mariko y, mientras Adrian hace los preparativos de la grabación de un dúo, hablo con Manolo y Eloína, sus anfitriones, ambos hospitalarios y de una simpatía natural. Manolo me enseña orgulloso su Opel del 51, una joya perfectamente conservada. Él ha sido cajero de un banco durante 42 años y ahora tiene una pensión en pesos equivalente a unos 15 dólares al mes. El sueldo mensual de un cirujano es también de unos 450 pesos: o sea, 25 dólares. Manolo y Eloína también alquilan habitaciones, como mucha gente en el Nuevo Vedado. Los inspectores están al acecho para comprobar que todo está en orden y asegurarse de que no tienen realmente más habitaciones de las que declaran. En el trayecto hasta la casa de Alicia, la novia de Noel, vuelvo a practicar mi juego preferido de estos días: preguntarle a Raúl la marca y el modelo de todos los viejos coches de Estados Unidos que todavía circulan por la calle. „¡Chevrolet del 53!“, „¡Buick del 49!“, „¡Cadillac del 56!“, „Ford del 58, modelo especial!“, responde Raúl con una seguridad absoluta y dándome detalles sobre cada uno de los coches y sobre los cambios o añadidos que han introducido en ellos los dueños. De algunos sabe incluso cuántos hay en toda la ciudad, verdaderas rarezas que él identifica ya de lejos. Todos son, claro, anteriores a la Revolución. 1959 marca aquí en casi todo un antes y un después. Raúl tiene ya a un hermano en Miami y él hace planes para irse allí porque dice que en Cuba no hay futuro para sus hijas. Le hablo de que allí podrá conducir un coche de verdad, no su viejo y achacoso Moskvich, y se le iluminan los ojos. Es el más crítico con el sistema de todas las personas con las que hablo. Me dice: „Imagina que te recito la misma poesía durante cuarenta años y luego te digo: ‘¿Te gusta esta poesía?’“. El régimen ya no da más de sí, está estrangulado sobre sí mismo, aunque, como todos aquí, Raúl respeta y de algún modo admira a Fidel. En el coche me pone chistes de un humorista cubano exilado en Miami, pero no entiendo prácticamente nada. A lo que es gracioso él lo llama „violento“. Le pregunto si es cierto que, cuando muera Fidel, los cubanos de Miami ya se tienen repartida la isla para comprarlo todo. Raúl se cruza de hombros y lo de la muerte de Fidel le parece una utopía. Aunque se supone que nada cambiará hasta que esto suceda, nadie habla seriamente del tema. En casa de Alicia se ha ido la luz y eso suele significar que tampoco hay agua. Primero grabamos a su coro de niños, que ella dirige con un recital de gestos y caras que los niños imitan con devoción. Luego se organiza una tertulia improvisada con su padre, Andrés, un pianista famoso que estudió en el Conservatorio Tchaikovsky de Moscú, con varios discos grabados y música propia publicada. Es amigo y ha tocado mucho con Arturo Sandoval, aunque él no quiere irse de Cuba, donde vive, como casi todos, con lo mínimo y en unas condiciones inversamente proporcionales a su talento. Acabamos la conversación de noche, iluminados por velas y Stefan logra convencer a Andrés de que participe otro día en una de las grabaciones. Por la noche cenamos en el restaurante del Hostal Valencia y me alegro de haberme ido a casa de Milaida. En mi habitación empiezo a tantear a Nicolás Guillén:

 

Tú, que partiste de Cuba,

Responde tú,

¿Dónde hallaras verde y verde,

Azul y azul,

Palma y palma bajo el cielo?

Responde tú.

Tú, que tu lengua olvidaste,

Responde tú,

Y en lengua extraña masticas

El well y el you,

¿Cómo puedes vivir mudo?

Responde tú.

 

 

 

7.

Por la mañana vamos a grabar en el Museo de la Música, en el que ya habíamos estado hace un par de días. El conservador de los instrumentos, Osmani, se encarga de hacer sonar varias pianolas. Stefan tiene una teoría muy definida sobre la influencia de Cuba como lugar de irradiación de nuevas músicas hacia Estados Unidos y pedimos a Osmani que utilice sólo cilindros antiguos, de comienzos de siglo. Aunque pone problemas y habla de permisos oficiales, la insistencia y los dólares lo arreglan todo. En la comida hablo con Noel de política. Él ve los mismos problemas que Raúl (los que cualquier persona con los ojos y los oídos medianamente bien abiertos puede percibir aquí después de varios días), pero su visión es mucho más optimista. Poco a poco van cambiando cosas, dice, aunque es crítico con el régimen. Se lamenta de que, por mucho dinero que tengas (en caso de que alguien te lo regale, porque aquí es materialmente imposible hacerse rico: el Estado es el dueño de todo), no puede hacerse nada con él. Que haya gente que acumule dólares poco a poco es peligroso y por eso piensa Noel que no pasará mucho tiempo antes de que permitan comprar coches, apartamentos, etc. Hace muy poco también era ilegal estar en posesión de dólares y ahora no se ve otra cosa por la calle. El problema de la vivienda es capital. No se construyen casas nuevas y los jóvenes, después de casarse, no tienen otra salida que seguir viviendo con los padres. Milaida me cuenta que ahora se ha puesto de moda que los jóvenes vayan a cuidar de personas mayores a las que no conocen de nada. Viven con ellas sin pagar ni cobrar nada, pero con la esperanza –lejana y casi irreal– de quedarse con sus casas cuando mueran. Una nueva manifestación de paciencia. Esperar es en realidad el deporte nacional, todos esperan que pase algo que nunca acaba de llegar. Esperan sin esperar nada. El tiempo pasa cansinamente y eso, claro, ayuda. Nosotros mismos estuvimos esperando casi toda la tarde a un pianista ciego, Frank Emilio, en el Club Imágenes, con el que por fin acordamos grabar al día siguiente. Por la noche acabamos en la Casa de la Trova, un pequeño local de San Lázaro con las paredes totalmente desconchadas y en el que un grupo de mujeres con niños pequeños escuchan a un viejo cantar boleros. Más tarde se le une una chica joven con una voz ni educada ni contaminada por los vicios habituales de los cantantes. A veces desafina, pero la combinación de ella y el guitarrista (que canta varias de sus composiciones, escritas en el estilo que aquí llaman „fílin“) es extraordinaria. Günter y Luis reparten ron entre la gente, que se calienta al poco rato y sale a bailar. Una mujer intenta desnudarse para demostrar el buen cuerpo que tiene, pero Luis logra convencerla de que no es necesario, que está a la vista lo atractiva que es. En realidad es horrible, tiene el cuerpo deformado prematuramente y lleva retratada la pobreza en su cara y en su ropas. „¡Los hombres me acosan!“, grita ya un poco borracha y levantando en el aire la botella de ron. El ambiente es estupendo y el alcohol acaba haciendo mella también en nosotros, que acabamos la noche cenando en „La Guarida“, en la calle Concordia, el lugar en que se rodó la película Fresa y chocolate. Está en un piso de una casa increíble, que en su día debió de ser de gran lujo: grandes balaustradas, inmensos espacios en los rellanos de cada piso, techos altísimos. Ahora es casi una ruina, pero cenamos muy bien. En mi casa volví a José Martí, cuyas frases y cuyo retrato son una constante por las calles de La Habana, llenas de proclamas revolucionarias. Ayer pasé casualmente por la casa en la que nació, muy cerca de la estación de tren. Esta noche me gustan estos versos:

 

Yo soy un hombre sincero

De donde crece la palma

Y antes de morirme quiero

Echar mis versos del alma.

Yo vengo de todas partes

Y hacia todas partes voy

Arte soy entre las artes

Y en los montes, monte soy.

Oculto en mi pecho bravo

La pena que me lo hiere

El hijo de un pueblo esclavo

Vive por él, calla y muere.

 

 

 

8.

Me tomo el día libre para descansar, leer, dibujar y pasear. Quedo con todos por la noche en Miramar, donde Andrés va a grabar por fin las contradanzas de Saumell y Frank Emilio, el pianista ciego, va a improvisar algo de jazz y de música cubana de principios de siglo, en la que Stefan sigue tan interesado. Después de comer en una paladar cerca de casa paso varias horas caminando sin rumbo: visito un cementerio inmenso que hay relativamente cerca de casa, un mercado callejero, un colegio, bares, un complejo deportivo. Tuerzo la vista cuando oigo hablar en italiano, casi siempre italianos del sur colgados de mulatas jovencísimas que exhiben, arrogantes, como trofeos de caza. La grabación termina muy tarde y, pasada la medianoche, vamos a cenar a un restaurante que se llama „El gato tuerto“. Después, Günter, Adrian y Luis me convencen para ir a un lugar llamado la Casa de la Música. Nos lleva Raúl en su coche y, nada más abrir las puertas, se nos echan encima una docena de chicas. Me da la impresión de que no son esas „chicas decentes, profesionales“ de las que hablan Manolo y Milaida, sino verdaderas jineteras. Muy jóvenes, todas negras o mulatas, nos dicen con total desparpajo que elijamos cada uno la que más nos guste. Solas no pueden entrar y nosotros tenemos que pagar los diez dólares que cuesta su entrada. Luis hace de traductor, pero no despierta, creo, una gran confianza en las chicas, sobre todo porque él mismo decide entrar solo. Günter elige enseguida a una mulata con un vestido rojo, Yamilet, que se agarra a su brazo y ya no lo suelta hasta que estamos dentro. Bebemos mojitos, bailamos, y al final, sin saber muy bien cómo, cada uno tenemos una chica al lado. La mía se llama Lisdeivis, un nombre que me tiene que repetir varias veces hasta que logro entenderlo. Es muy alta, lleva un vestido negro y no parece importarle lo más mínimo que yo sea más de treinta años mayor que ella. Me toca, me pasa sus brazos por mi boca y me pregunta si no me gusta su piel. „Los hombres se vuelven locos con esta piel...“, me dice. Le pregunto que a qué se dedica y me dice que estudia para ser empresaria. Empresaria de qué en un país comunista, me pregunto sin decírselo, imaginando también una larga espera hasta que pueda ejercer su supuesto oficio. „Pero no soy una puta, ¿eh?“, me espeta sin que yo siquiera se lo insinúe y comportándose cada vez más como si lo fuera. Me pregunta cosas de Italia, me habla de amigos italianos, sin duda turistas con los que se ha acostado recientemente. Pasan las horas entre mojitos, bailes y risas. Adrian da la sensación de tener cautivada a su chica, una negra imponente con un vestido muy ajustado. La noche termina ya de mañana en la terraza de la casa en la que viven Adrian y Günter, los cuatro bebiendo cervezas que habíamos comprado en „El Rápido“, un bar que no cierra en toda la noche. Desde la terraza vemos merodear de acá para allá a Humberto, un viejo jubilado al que cada vecino de la zona le da algo de dinero para que vigile sus casas durante la noche. De vez en cuando enciende su linterna para hacerse notar y pienso que poco podría hacer él frente a unos supuestos ladrones bien organizados. Dejamos de verlo mientras cae una de esas tormentas típicas del Caribe, puras, intensas y fugaces. Nada más parar de llover volvemos a ver a Humberto y su linterna. También él espera durante toda la noche, seguro de que no va a pasar nada. Camino de mi casa, lo busco y le doy un bote de cerveza. Me lo agradece efusivamente y le respondo esbozando una sonrisa. Me gustaría hablar español y acompañarlo durante su ronda nocturna, hacerle compañía, preguntarle por su vida, saber qué es lo que piensa mientras pasa las horas esperando con su linterna, noche tras noche. Pero decido despedirme y llevarme conmigo su cara de felicidad mientras empieza a beber la cerveza. No debe estar acostumbrado a que nadie le regale nada, o a que simplemente reparen en él. En mi habitación, muerto de sueño, aún tengo tiempo para volver a Nicolás Guillén y abrir el libro por la última página:

 

El tiempo pasa silencioso

Con un pasar de agua nocturna,

Y ve mi frente taciturna

Y ve mi pecho sin reposo.

En ese tiempo silencioso

Hundo mi voz de agua nocturna:

Pongo la frente taciturna

Reposo el pecho sin reposo.

Guardo mi pena en el penario.

Guardo mi alma en el almario.

Guardo mi voz como una espada.

Ya nada tengo, nada quiero.

Ya nada busco, nada espero.

Nada.

 

 

 

9.

Por la mañana vamos al barrio de Raúl, la Víbora, para grabar a un trío del que Stefan tiene muy buenas referencias. Los tres son profesores en el Centro de Superación para la Cultura, un edificio con una gran personalidad y algo menos resquebrajado de lo habitual. Es una antigua casa colonial española, con cuadros de cerámica que representan escenas de Don Quijote. Adrian decide colocar los micrófonos en una especie de patio con decoración musulmana que me recuerda vagamente a la Alhambra de Granada. Me quedo asombrado, una vez más, con la nobleza con la que los tres músicos –Hermes, René y Diego– llevan la humildad y la carencia de medios del centro. Tampoco aquí hay agua. Cantan y tocan maravillosamente. Como a tantos otros músicos en estos días, Stefan les regala juegos de cuerdas para guitarra y lo agradecen también con una nobleza a la que no estoy acostumbrado. Cuando nos vamos, veo desde el coche a Diego, que se aleja por la calle con su guitarra. Le digo adiós y agita la mano al tiempo que nos regala una última sonrisa. Me quedo pensando cuántos kilómetros tendrá que andar con su guitarra hasta llegar a su casa. Tener coche es un lujo reservado a muy pocos: funcionarios del gobierno o trabajadores que los consiguieron en los años en los que aún entraban coches rusos, checos o polacos. El transporte público es catastrófico, se ven larguísimas colas en todas las paradas de autobús, muchos se paran en los semáforos para intentar convencer a los conductores que los acerquen un poco a su destino, pero sólo algunas chicas lo consiguen. El medio más popular son lo que aquí llaman, por su forma, los „camellos“, grandes camiones en los que viajan apretujadas cientos de personas. Veo también viejos autobuses con matrículas de todas partes: Roma, Amsterdam, Madrid, Berlín... Lo que en estas ciudades resulta inservible, aquí lo siguen utilizando durante años, siempre con el tiempo como su generoso aliado. Diego, un guitarrista excepcional con una voz bellísima y una sólida formación musical, viviría holgadamente casi en cualquier parte. Aquí, después de cantar para nosotros durante casi dos horas, es uno más de los centenares de buenos músicos que viven en La Habana, que no tiene más remedio que andar leguas con su guitarra para desplazarse de un sitio a otro. Por la tarde tenemos varias horas de grabación en „La Madriguera“, en la Quinta de los Molinos, una finca enorme en Centro Habana con una vegetación exuberante, con miles de palmeras y árboles tropicales. Las actuaciones van a ser en un pequeño escenario de cemento situado junto a una modestísima construcción que funciona como un centro cultural. Se trata de conocer a grupos más jóvenes e innovadores, muy admirados por Noel, que intentan superar el modo tradicional de interpretar la música cubana. Apenas hay sillas y muchos tenemos que sentarnos en el suelo. El primer grupo, un trío formado por un blanco, un trigueño y un negro, me gusta mucho. Me parecen un cruce de la Nueva Trova Cubana y de cantantes brasileños como Caetano Veloso o Gilberto Gil. Felicito después a uno de los músicos y me lo agradece efusivamente, como casi siempre aquí. Es difícil dar con gente más cálida o más receptiva a los halagos. Actúan luego otros grupos o solistas, no siempre igual de buenos. Me gusta especialmente otro dúo formado por un mulato y un negro, que aparte de cantar bien hacen gala de un sentido del humor inagotable. Bailan, imitan instrumentos, improvisan, introducen dejos africanos. En un momento se meten al público en el bolsillo. Entre uno y otro grupo aprovecho para hablar con Alicia, una niña-mujer que irradia alegría de vivir en todo lo que dice o lo que hace. Me confiesa que le gustaría viajar a muchos países, pero sabe que es imposible mientras no cambie la situación. Se siente cubana y no se plantea en absoluto irse, al igual que sus padres. Quiere quedarse y, como Noel, le gusta pensar que las cosas están cambiando poco a poco. Por la noche volvemos a la Víbora, esta vez porque Raúl nos ha invitado a su casa a comer una paella. Por fin conozco a su mujer y a sus hijas, de las que tanto me había hablado estos días. La cena, abundante, es un nuevo derroche de generosidad. La paella es deliciosa y la velada acaba con un baile en el que Mariko hace las delicias de las hijas de Raúl – Jessica y Giselle – enseñándoles varios pasos de ballet clásico. Se produce un curioso intercambio de felicidad entre anfitriones y huéspedes. Ellos nos dan mucho más de lo que tienen y agradecen nuestra simple presencia como un verdadero regalo. Yo vivo su generosidad y su saber vivir como un milagro. Me despido del día, otra noche más, con José Martí:

 

Cuba nos une en extranjero suelo,

Auras de Cuba nuestro amor desea:

Cuba es tu corazón, Cuba es mi cielo,

Cuba en tu libro mi palabra sea.

 

 

 

10.

Por la mañana, en el desayuno, Milaida me regala varias cartillas de racionamiento ya caducadas de ella y su familia. Es impresionante ver lo único que pueden comprar con pesos cubanos. Todo es, además, de muy mala calidad, como un pan que me dio a probar Milaida una mañana en el desayuno. Las tiendas suelen estar desprovistas, por lo que es necesario ir casi todos los días para poder acabar comprando todo aquello a lo que tienes teóricamente derecho. Es casi una economía de guerra, o de posguerra. Milaida me explica que con los mismos sueldos que ahora vivían razonablemente bien en los años ochenta, pero desde la caída del comunismo en Europa su nivel de vida ha empeorado de una manera alarmante. Ella, como muchas personas de este barrio, puede permitirse comprar en las tiendas de dólares, pero la mayoría tiene que sobrevivir con los alimentos y las cantidades exiguas impuestas por la cartilla de racionamiento, algo que, si se miran con cierto detalle, parece casi imposible. A media mañana salimos de La Habana por primera y última vez. Nuestro destino es Bejucal, un pueblecito a una hora y pico en coche de La Habana. Van a tocar para nosotros, en el patio de Museo Municipal, los Tambores de Bejucal, un grupo formado por unos veinte campesinos que tocan instrumentos de viento y percusión (bongos, rejas, campanas, trompetas, trombón), con tres cantantes. Los dirige Robelio, un personaje de comic ataviado con una gorra de baseball blanca, que trata a sus músicos con una extraña mezcla de humor y severidad. El recital de tipos humanos es indescriptible: imposible imaginar que puedan hacer música de tanta calidad. Casi todos se transforman en cuanto empiezan a tocar: los rostros se les iluminan, sonríen constantemente, intercambian guiños de complicidad, al menos en ese momento son felices, aunque imagino sin dificultad por sus ropas la penuria de su vida cotidiana. Raúl compra ron, Luis reparte bolígrafos, Stefan discos, puros y libretas. En pocos minutos, a pesar de que llegamos a Bejucal hacia el mediodía, se crea un ambiente festivo extraordinario. Tocan conga, yoruba y música de Carnaval. Después, varios músicos empiezan a improvisar cánticos y toques de percusión a la africana, lo que vuelve a generar un ambiente de excitación. El lugar es bellísimo, con flores alrededor de un patio con soportales a ambos lados: se trata de un edificio histórico del siglo XVIII, me dicen. Poco antes de irnos, también Robelio se arranca a cantar con un hombre muy mayor, que aparece por allí atraído quizás por la música y que a esas horas se confesaba ya medio borracho. Los dos hacen voces con una facilidad natural y rememoran viejos boleros. No cantan ya para nosotros, sino para ellos mismos: para animar la espera, no puedo evitar pensar una vez más. Por la tarde vamos por primera vez al Hotel Nacional. Es aquí donde se conocieron mis padres y adonde debería haber venido antes y no en mi último día en La Habana. Salimos a pasear por los jardines, desde los que puede verse buena parte del Malecón y de la Habana Vieja. Bebemos mojitos, yo sopeso la posibilidad de prolongar mi estancia varios días o incluso varios meses más, nada ni nadie me espera, pero pienso que es mejor volver a casa. Cargado de dibujos, de imágenes, de rostros, de tanta música como he escuchado estos días. Mirando viejas fotos que cuelgan en algunos de los salones del hotel, mis ojos recuperan otra vez la imagen de mis padres, abrazados y sonrientes en el Malecón, y siento que ahora también yo estoy vinculado para siempre con esta ciudad, que me pertenece ya tanto como a ellos. Seguro que volveré y me pregunto si entonces todos seguirán esperando como hasta ahora, si seguirán ufanos de su nadar a contracorriente, si seguirá aún el embargo enroscándose día tras día por su cuello. Nicolás Guillén me canta esa noche su último adiós:

 

Te lo prometió Martí

Y Fidel te lo cumplió;

Ay, Cuba, ya se acabó

Se acabó por siempre aquí,

Se acabó,

Ay, Cuba, que sí, que sí,

Se acabó,

El cuero de manatí

Con que el yanqui te pegó.

Se acabó.

Te lo prometió Martí

Y Fidel te lo cumplió.

Se acabó.

¡Ay, que linda mi bandera,

Mi banderita cubana,

Sin que la manden de afuera,

Ni venga un rufián cualquiera

A pisotearla en La Habana!

Se acabó.

Yo lo vi.

Te lo prmetió Martí

Y Fidel te lo cumplió.

Se acabó.

 

 

 

 

 

Mario Luis Malfatti

Enero, 1999

 

Mario Luis Malfatti, nacido en 1947 en Trieste, hijo único de una distinguida familia de industriales. En 1968 abandona sus estudios de Derecho en Bologna para dedicarse exclusivamente a sus dos grandes pasiones: escribir y pintar. En 1970 se publica por primera vez una colección de relatos breves con el título "Traverse" (Bocacalles), que pasa, sin embargo, casi inadvertida. En 1972 se suicida su padre, Luis Massimo Malfatti, tras ser detenido por fraude fiscal. Esta tragedia familiar, que tres años más tarde acabaría también con la vida de su madre, le permitió a Malfatti gozar de una total independencia económica y llevar una vida de total aislamiento. Ningún editor ha querido publicar sus novelas "Passi perduti" (Pasos perdidos) y "L'ultimo paradiso" (El último paraíso) y Malfatti se dedica ya sólo a la pintura, alentado por su modelo Günter Grass.

 

Team of producers: Noel Alvarez Martin, Luis Gago, Günter Mattei, Andrés Mayo, Adrian Willhelm Maria Ripka Edler von Röthlin, Raul Rodriguez Chica, Mariko Takahashi, Stefan Winter.

 

Recorded at various locations in Habana, Cuba, January 1999.

 

 

 


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